martes, 16 de noviembre de 2010

Duda



Eran los últimos días de otoño del año de 1970, recuerdo que la primera vez que la vi bajando de las escaleras, los ocres del otoño estaban saliendo a flote. Los higos tan morados, estaban perdiendo su color cereza, y ya estaban un poco pasados, mientras algunos tercos que se creían maduros, seguían colgados en tonos grises. Las vallas para los que puedan reconocer cuales son comestibles, estaban majestuosamente expuestas con un colorido, rojo, morado, naranja, y amarillo. El cielo estaba en fuego ese mes de Noviembre, ardían flamas entre las nubes y el sol. Mientras atardecía se combinaban el color  amarillo ocaso con el escarlata, los celestes poco a poco se convertían en marinos, y el rosa cedió hasta que el rey durmió. Aun así me perdía ese espectáculo cuando me absorbía un color miel que es el mismo de día y de noche, y el cual agradezco su existencia solemnemente. Era delgada, con pelo negro y piel apiñonada, sus ojos eran miel pero aun así tenían algo oscuro dentro de ellos. Como todo un hombre, no me atreví a decirle una palabra mientras la vi bajando las escaleras. Fue hasta principios del invierno que decidí hablarle, para esas fechas yo sabía a qué hora acababa su clase y a qué hora bajaría por las escaleras, así que la espere frente a las escaleras, estaba seguro que mi corazón palpitaba tan fuerte que se escuchaba por todo el campus. La vi bajar, decidido fui a hablarle. Nunca supe cómo romper la tensión de los primero encuentros, esta vez no fue excepción. La conversación fluyo un poco y le pregunte donde vivía. Al ver que estaba oscureciendo, y que no quedaba lejos de mi casa, me ofrecí acompañarla a su casa. Tome sus libros y caminamos juntos. Hablamos de cosas cualesquiera. Cuando llegamos a su casa me atreví a invitarla a salir y ella accedió, nos quedamos de ver el domingo en misa. Eso fue un lunes. Paso martes, miércoles, jueves y viernes, y no la vi en el campus, no la espere en la escalera, no me atreví a buscarla. El sábado no tenia forma de verla más que ir a su casa, y por supuesto que no me atreví tampoco. Llego el domingo y me hice a la idea que ella no iría a misa como lo teníamos planeado. ¿No supo de mí toda la semana por qué habría que ir? Al acercarse la hora mi madre me pregunto por qué todavía no estaba listo. Le dije como excusa que hacía mucho frío y que no me quería bañar, y que además de seguro ella no iría por las mismas razones. Mi madre me miro y me dijo, Hijo, la palabra es lo único que tiene el hombre. Inmediatamente me metí a bañar, me cambie lo más rápido que pude y corrí a misa con la incógnita de si ella estaría ahí. Hoy, ella es la madre de mis cuatro hijos. 

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