
Un mago iba caminando con su aprendiz, hoy era el día en que le iba a enseñar su primera lección. Así que el mago y el aprendiz caminaron hacia la calle del repostero. Una calle llena de aparadores con pasteles, galletas, macarrones y demás. El aprendiz le pidió que le enseñara un truco para poder tomar algo de los aparadores. El mago accedió y le dijo que le enseñaría el truco del cristal, el joven aprendiz estaba muy contento ya que conocía la existencia de ese truco y estaba emocionado por poder atravesar el cristal. El mago le dijo que tenía que confiar en sí mismo, en el mundo, y que tenía que visualizar su brazo del otro lado del cristal. Ansioso el aprendiz se puso de frente al cristal y le dijo al mago que estaba preparado. El mago le recordó que al usar magia blanca sus fines tienen que ser puros, el joven aprendiz respondió con osadía que estaba preparado. Entonces el mago le recordó una última cosa, le dijo que cerrara fuerte su puño y que intentara atravesar el cristal con toda la fuerza que tenga. Acto seguido el aprendiz se puso en posición, visualizo las galletas de mantequilla que estaban del otro lado del aparador, podía olerlas, saborearlas. Confiaba en sí mismo estaba preparado, lanzo su brazo al cristal y para su sorpresa pudo atravesar el aparador, llevándose al cristal de por medio. El Mago reía al ver como los cristales seguían cayendo y como todos los pasteles, galletas y otras delicias se llenaron de diminutas fracciones del cristal. En seguida el mago le dijo, Primera lección, no puedes tener todo lo que ves.